Arrastrarse por un peso

A la indigencia…

La gente te mira con desdén, como si fuera uno extranjero, pero es por la ropa usado o el tono de piel, que los demás son indiferentes, uno con vergüenza busca los ojos de la gente, pero ellos evaden nuestra demanda, ustedes tienen todo, nosotros nada, es simplemente por la necesidad de sobrevivir que hay que arrastrarse, sentir el piso en la piel.

Lo que pasa es que te ven desde arriba, no sienten las llagas que provoca la fricción de las rodillas con el piso, a veces lloro de pensar que vendrá al día siguiente, si la muerte me encontrará o la misericordia de algún capitalista infiel, que su falsa hipocresía a mi estómago alimentará.

Y pienso en el agua y el pan, más su recorrido al pasar por mi garganta, luego volteo al aparador de la tienda de enfrente y veo su lejanía, me enoja pensar porque todo parece ir contra mi corriente, camino un poco más y sólo veo mi reflejo nuevamente incapaz de trascender el cristal de frente.

Es el infierno el que me recibe, no hay bondad sólo fatalidad, mi virtud es poner cara de perro muerto, pero es por mi bien, que la gente se apiade por momentos y si me va bien salgo hasta con cinco pesos. Sólo es saber llegarle a la gente, aterrizarlos, enfrentarte a su respuesta, somos la sombra más fulgurante, pero su ignorancia es soberbia, no nos dan ni tiempo de explicar lo que nos ha pasado por la mente.

El problema reside creo en que nunca nadie me enseño a usar un traje o a anudar una corbata, peor aún, como conseguirlo, los que lo usan parecen vivir bien, ¿Y cómo lo sé?, pues porque sonríen, es ese gesto que uno aprende a observar cuando desde abajo todo lo ve.

Las calles están llenas de crueldad, pero cada quién decide que ver, esa es la triste realidad, mientras tanto uno se arrastra por un peso, ¿Por qué no nos ayudan con palabras, o con un buen consejo?, no me diga ¡No! solamente, dígame por favor ¿Cómo le hace usted?, ¿Cómo le enseñaron?, ¿Qué clase de esfuerzo tiene uno que imponer para no arrastrarse?.

Es una catástrofe, recorrer la ciudad de día y noche, de allá para acá, sin tener nada, sin saber que pasará, sin hogar y amparo, y cuando el frío azota quema las heridas, es como una diestra bofetada, que se siente hasta los pies, al pasar esto, buscar refugio es la salida, pero siempre hay cupo y envidia por el calor, por eso es que el cartón y el aguardiente son mi gran guarida.

Porque cuando ya no hay esperanza uno recurre a los actos más bajos, pero los periódicos se siguen quejando de la violencia y la prostitución, el infortunio tiene gran presencia y hacemos como que entendemos pero eludimos las palabras, aventamos la toalla, lo que es basura para unos, para nosotros es un edén.

El gris es contrastante, somos inconfundibles entre colores, grandes edificios y finas prendas, la democracia de la calle es subsistir, si lo encuentras es tuyo, si lo ganaste aprovéchalo, si te lo quitaron lucha por ello. Cada vez somos más los que lo hacemos, y si existe un Dios que se conmueva de menos, hay días que ya no hay que comer, la grasa se va y veo mis huesos crecer, estirar las manos ya no es suficiente, y el que no le entiende le llega la muerte.

Se siente rotunda soledad, pero, ¿Qué puedo cambiar?, ¿Fue una cuestión del azar, atención, inteligencia, injustita, biología?, mientras ellos sonríen yo lloro, pero mientras mi lágrimas se derraman, yo presumo algo que ellos no tienen. La valentía de arrastrarse por un peso.

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