La ventana

En aquellos días vivíamos en un departamento muy pequeño. Libros, fotos y papeles de todo tipo se desbordaban, trepando por los muros, inundando el piso de parquet, apareciendo por la noche en los lugares más imprevistos. Era un verdadero caos: apenas había espacio para las camas y cada día trazábamos una nueva ruta entre el bosque de papeles para dar vueltas por la habitación. Casi no salíamos.

No recuerdo en que trabajábamos o de que comíamos. Ni siquiera sé con certeza si comíamos algo. Sólo recuerdo el sabor del café en la garganta y la luz inyectada en nuestras pupilas.

Y la ventana.

Todos los días, una vez que la bruma del sueño había abandonado nuestro cuerpo, nos abríamos camino entre las hojas y nos asomábamos a la ventana. Cada mañana el paisaje era distinto: A veces era un castillo blanco dominando un valle, a veces un callejón atestado de transéuntes y comerciantes vociferando en lenguas inaúditas. En mi cumpleaños vi una vieja estación de trenes, donde el viento y algunas aves pequeñas parecían escribir algo en la herrumbre de los muros. Me fui a dormir muy contento, sólo para encontrarme al día siguiente con un bosque muerto donde siempre estaba atardeciendo, el sol sangrante anclado eternamente al cielo.

A veces nos visitabas tú.

Llegabas por la tarde, sin avisarnos, siempre vestida con esa ténue ausencia, siempre plantando los mismos pasos leves y taciturnos. Nos saludabas con los ojos e ibas a sentarte junto a la ventana.

Nunca dijiste una palabra. Sólo te quedabas ahí, inmóvil, tus ojos danzando en la otra orilla, la tristeza mordiéndote las piernas como un mar. Pasabas así las horas, a veces los días, hasta que algo parecía volver a ti y te levantabas. Después nos lanzabas una sonrisa de mandolina y desaparecías con el mismo andar etéreo con el que habías llegado.

Nosotros nos poníamos a fumar en la ventana, inventando historias para tus manos, voces para tu boca, habitantes para tu mente. Pero jamás te preguntamos nada, sólo te ofrecíamos café y a veces nos parábamos junto a ti a ver por la ventana.

Así fue durante muchos días, hasta que tuvimos que mudarnos. Ese día tocaste a nuestra puerta, le diste a cada quien un lirio y te fuiste, como siempre, sin decir palabra.

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Acerca de mozalbete9

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